RELATOS – CASO NAHÍM ISAÍAS – PARTE III

SECUESTRO DE NAHÍM ISAÍAS: EJECUCIONES EXTRAJUDICIALES, DETENCIONES Y TORTURAS

Después de algo más de dos horas, como a la 5h00, los dos heridos fueron llevados al Policlínico del Cuartel Modelo, luego al Hospital Territorial de las Fuerzas Armadas a las 7h00 donde no fueron recibidos por falta de órdenes superiores y, a raíz de esto, los condujeron al hospital Luis Vernaza. Alfonso Benavides era quien se encontraba más grave y fue operado, mientras que Juan Carlos Acosta no fue intervenido. Su madre, la señora Laura Coloma afirma que su hijo “fue llevado al Hospital Vernaza, en donde fue recibido por el doctor Gustavo Arosemena Monroy (hermano de Carlos Julio Arosemena Monroy, ex presidente de la República en cuyo gobierno Francisco Acosta Yépez ocupó el Ministerio de Relaciones Exteriores y el Ministerio de Defensa, y quien además mantenía una gran amistad con la familia) pero no le intervinieron. Cuando él dijo quién era su padre, hubo una orden de que sea llevado al Hospital Territorial de las Fuerzas Armadas”, la cual llegó entre las 8 y 10h00.

Esta versión es confirmada con el informe elevado al Jefe Provincial del SIC del Guayas, firmado por los oficiales Abraham Correa y Alberto Revelo Cadena (los mismos que suscriben el informe de investigación de Juan Cuvi, Fernando Carmona y Henry Guevara). Dicho informe describe cómo se produjo el mencionado operativo de detención y en él se sostiene que ambas personas fueron heridas y capturadas a las 5h30, siendo luego conducidas al Hospital Luis Vernaza. Asimismo, el documento asegura que Juan Carlos Acosta fue “posteriormente retirado por miembros de la Fuerza Armada al Hospital Territorial”.

No obstante, la versión del mayor de Policía Gustavo Gallegos ante la Comisión de la Verdad difiere del parte citado en cuanto a la hora en que fueron detenidos: “Aquí eran las dos, tres, de la mañana estaba oscuro”. Esta hora fue ratificada y precisada también por un vecino que, de acuerdo a lo señalado por Francisco Acosta Coloma, hermano de Juan Carlos Acosta, presenció los hechos a las 2h30, lo que acabaría por desvirtuar la versión oficial, dando lugar a considerar que entre las 2h30, hora en que sucedió el operativo hasta las 5h00’ cuando fue ingresado al Hospital Luis Vernaza, durante más de dos horas en aquella madrugada, Juan Carlos Acosta fue investigado y torturado.

Fernando Acosta Coloma, otro hermano Juan Carlos Acosta, señala:

“Le preguntaron si había firmado algún documento y él respondió que no había firmado nada a excepción del ingreso al hospital, y que lo habían torturado en el Cuartel Modelo de Guayaquil. Llegó al hospital Luis Vernaza  [en donde] el doctor Gustavo Arosemena que lo atendió, declara que no le dejaron hacer nada [no le permitieron brindarle atención médica], que cuando Juan Carlos llegó estaba medio loco [fuertemente alterado por el dolor]. A mi hermano no le permitieron quedarse ahí. Lo trasladaron al Hospital Territorial a pesar de que en el Luis Vernaza existía todo el material para la operación”.

En la tarde del 26 de agosto de 1985, el presidente de la República, León Febres Cordero, llamó a Francisco Acosta Yépez para decirle: “tu hijo ha estado en el secuestro de Isaías y se halla herido; he ordenado atenderlo en el Hospital Territorial de Guayaquil. No está grave. A ver si te vas a verlo y logras que a ti te diga dónde tienen a Isaías”. Apenas lo supo, Laura Coloma se comunicó con Febres Cordero y recibió de él el ofrecimiento de que contaría con todas las garantías para que pueda ver a su hijo, facilitándole para el efecto, además, los números de teléfonos de Jaime Nebot, gobernador de Guayas y del doctor Gilbert Elizalde. Laura Coloma manifestó que el 27 de agosto de 1985 Francisco Acosta Yépez tuvo una cita en la oficina privada de Jaime Nebot en Guayaquil y en ella estuvieron presentes familiares de Isaías. Por instrucciones de Jaime Nebot, el miércoles 28 de agosto se presentó el coronel Gustavo Gallegos para llevarles a ver a su hijo, embarcaron en un vehículo junto con dicho oficial y luego de un largo rato de recorrer por la ciudad y de no llegar al hospital, tuvieron que exigirle enfáticamente que los lleve de manera inmediata al sitio donde estaba Juan Carlos Acosta. Cuando arribaron al Hospital Territorial, el Jefe de la Brigada de Infantería Nº 2 Guayas, general Rodrigo Orbe, accedió a que los padres pudieran visitar a su hijo quien había sido atendido por el doctor Manuel Torres Vallejo, director del hospital de Brigada.Añadió que los familiares enfrentaron varias restricciones para poder acompañar a Juan Carlos Acosta en el hospital, pues familiares de Nahím Isaías se encontraban en el lugar, pendientes de quienes ingresaban a visitarlo.

Laura Coloma, madre de Juan Carlos Acosta, recuerda:

“El día miércoles en la mañana [28 de agosto] estuvo el mayor Gallegos [se refiere al entonces coronel Gustavo Gallegos] en el hospital y cuando entramos, me volvieron a negar la posibilidad de ver a mi hijo. Esas fuerzas de madre que Dios le da, dije: ´A mí me ofrecieron una cosa. Yo le veo vivo o muerto a mi hijo`. El Director del hospital accedió a mi pedido y nos dijo que esperemos en el primer piso. Esperamos como una media hora, cuando al abrirse el ascensor se oía unos gritos desgarradores. Decía: ´Ya no me martiricen más, ya no me peguen más, ya he hablado todo, es la sexta vez que me hacen esto, déjenme morir en paz`. Era mi hijo. Al salir en la camilla me presenté yo y me puse al lado de él y le dije que se tranquilice, que yo estaba allí y me dijo: ´No les creas madre. A mí me han echado a matar, me han pateado en el estómago, me han golpeado en todo lado`. En eso se acercó el mayor Gallegos y le dijo: ´Tranquilícese Juan Carlos`. Y él dijo: ´Usted es el señor que ordena que me peguen`. Entonces, cuando Milton Andrade se paró le dijo: ´Usted también, y solo dejaron de pegarme cuando supieron que era su hijo`. Cuando yo, desesperada, trataba de que me dijeran qué es lo que pasaba, cuál era la situación de mi hijo yo lo destapé y constaté con el dolor más grande que era una cosa espantosa: tenía hematomas por todos lados y sus testículos estaban destrozados. Cuando le abrieron la barriga, según me comentaban los médicos, tenía una hemorragia interna causada por los golpes”.

Francisco Acosta Yépez, también presente esa mañana del 28 de agosto, dejó su testimonio sobre esos momentos en que pudo hablar con su hijo. “A pesar de sus terribles sufrimientos causados por la tortura, con gran entereza y en voz clara y varonil mi hijo nos comunicó de la salvaje paliza, agregando que tan solo dejaron de martirizarlo al saber que se trataba de mi hijo”. Laura Coloma afirmó que cuando requirió especial atención médica para su hijo, el doctor Roberto Gilbert Febres Cordero, pariente de León Febres Cordero, respondió que haría todo lo posible para tratarlo, añadiendo que estaba presente en el hospital incluso un médico español que trataría a Juan Carlos Acosta, personajes que considera se trataban de agentes de servicios de seguridad española.

Además, expresó que a su hijo pretendieron obligarle a firmar un documento en el que se le requería que asevere que Nahím Isaías fue secuestrado estando presente su guardia personal. Por tanto, lo afirmado por Hugo España, agente policial que participó en la estructura de inteligencia y antisubversiva SIC- 10 adquiere cierto sentido al considerar la importancia que podía tener dicha exigencia: “Isaías, había sido secuestrado por elementos subversivos, mientras ingresaba a su domicilio, sus guardaespaldas habían sido reducidos y trasladaban al plagiado en un automóvil”. La mención expresa a la presencia de  los guardaespaldas probablemente tenía relevancia con fines del cobro del seguro contra secuestro. Sin embargo, de acuerdo al testimonio de los mismos captores del banquero, Nahím Isaías no estaba acompañado de ningún guardia39 sino de tres sujetos.

El estado de salud de Juan Carlos Acosta fue complicándose hacia el mediodía de ese lunes 26 de agosto y a la tarde fue intervenido de manera urgente. Laura Coloma pudo estar con su hijo unas cuantas horas: “Mi error fue salir a comprar unos remedios que le fueron solicitados a cuenta de que requerían una placa por la operación del fémur. De ahí no vuelvo a entrar al hospital nunca más. Ya no le veo, sino cuando ya muere, que me anuncian”. Juan Carlos Acosta murió el día 29 de agosto de 1985, a la edad de 27 años. En el libro publicado por la Comisión Ecuménica de Derechos Humanos (CEDHU) “A mi también me torturaron” y en la revista “Nueva” Nº 119, se presenta el informe de la autopsia -que consta también en el expediente de la Comisión de la Verdad-, el cual señala que el cadáver presentaba “excoriación traumática en antebrazo izquierdo, en rodilla región escapular lumbar, mejilla del mismo lado, hematoma localizado en región glútea de lado izquierdo, en el muslo, edema en el escroto”. El documento señala como causa de la muerte “anemia aguda por hemorragia interna por lesiones de la arteria ilíaca derecha e izquierda, producida por proyectil de arma de fuego”.

Por el contenido del protocolo de autopsia, Juan Carlos Acosta a más del impacto del proyectil de arma de fuego, sufrió torturas que complicaron mortalmente su estado de salud: “fue conducido al Hospital Territorial, luego fue torturado, fue severamente golpeado y a causa de eso murió”; sin embargo, es ese protocolo el que confirma el testimonio de la señora Laura Coloma que refiere que su hijo afirmó haber sido golpeado en seis ocasiones y que reconoció a dos de los perpetradores, como consta párrafos atrás.

Los familiares tuvieron que superar múltiples dificultades para retirar los restos mortales, pues las autoridades dilataban su entrega sin justificación alguna. Francisco Acosta afirmó que en tales circunstancias debieron recurrir a la intervención del doctor Carlos Julio Arosemena quien personalmente acudió a donde el gobernador Jaime Nebot para exigirle, frontal y categóricamente, la entrega del cadáver el que, finalmente, fue trasladado a Quito el mismo 29 de agosto de 1985. Mientras tanto, Justina Casco y su esposo Edgar Frías, alto dirigente de AVC, fueron relacionados con el secuestro de Nahím Isaías. En esos días, recuerda Justina Casco, sintió el acoso por parte de la Policía. Cuenta que con frecuencia visitaba a su madre y un día de regreso a su casa

“Me encontré con la noticia que había gente en el departamento; mientras eso yo sentía como una vigilancia. De ahí ya me regresé nomás porque me dio miedo pues sola voy a buscar a la Policía y cuando después me entero que era la Policía misma que estaba ahí y yo llegaba con los niños y con una hermana que me venía trayendo en el carro. Después ya ¡oh sorpresa! que era que ya estaban instalados ahí yo ya no pude regresar porque ellos se quedaron ahí viviendo prácticamente.  Me regresé a la casa de mi mami, me quedé no más en la casa de mi mamá, entonces ahí ya pasaron los días y a los niños yo los dejé con mi suegra”.

El 28 de agosto de 1985, allanaron la casa de la suegra de Justina Casco. Ahí detuvieron a Dora Frías (madre de Edgar Frías), García Ramírez (empleada), a los niños Camilo y Dora María Frías (hijos de Justina Casco y Edgar Frías, de 8 y 2 años) y a Eduardo Andrade Frías, cuñado de Justina Casco. “En ese operativo habían cerrado como 4 manzanas. Un operativo tremendo”. A Camilo Frías también lo habían investigado, sin torturar. “No te hagas el tonto, bien que sabes. Claro si, eso le decían que él tenía que decir en dónde estaba la mamá, dónde estaba el papá y ellos prácticamente los tuvieron ahí con el afán de presionar para que nosotros nos entreguemos”.

Paralelamente, Juan Cuvi continuaba bajo los interrogatorios y torturas. En esta oportunidad, estaba en mano de elementos del Ejército Nacional. Con los militares, el testificante recalca que le preguntaron sobre la casa de Manta, donde sería el sitio de retención de Nahím Isaías. Pronto lo subieron a un helicóptero del ejército con destino a la ciudad de Manta.

“Apenas llegamos al aeropuerto de Manta decidí encarar la situación de manera tajante. Cuando se me acercó el oficial de mayor rango le dije de entrada que habíamos hecho el viaje en vano porque yo no conocía la casa. Me preguntaron por el sitio donde usualmente esperaba a Alberto y les llevé al restaurante La Tortuga, en el malecón. Les insistí que a partir de ese lugar yo no sabía absolutamente nada más. Me insultaron, me golpeaban con los puños y me apuntaban a la cabeza con las armas rastrilladas”.

Los acompañantes de Juan Cuvi le insistieron que hablara sobre las personas que conocía en la ciudad. Según el testificante, los militares buscaban contactos de miembros o colaboradores de AVC que localicen la casa donde iban a retener al banquero. Juan Cuvi testifica que los llevó a la casa de un viejo amigo suyo, que no tenía ninguna relación con los hechos. “En efecto, llamaron a su casa y salió la mamá, algo sorprendida, y confirmó que me conocía. Evitaron que me viera, obligándome a permanecer agachado”. Los agentes descubrieron que el detenido hizo que perdieran el tiempo.

“Noté el enorme malestar que la situación produjo, y por las caras sabía que me esperaba lo peor. Simplemente me preparé. El oficial dio una orden sumamente molesto y me condujeron al cuartel de la Policía. Allí me sometieron a una de las sesiones de tortura más salvajes por las tantas que pasé. Me volvieron a guindar de los pulgares. En esa posición un agente grandote comenzó a golpearme en la espalda con un tronco de balsa de aquellos que utilizan los pescadores para rodar las canoas desde la orilla a la arena seca. Decidí seguir inventando. Con una voz imperceptible, que obligó a uno de los agentes a pegar la oreja a mi boca, hablé de un lugar de la ciudad que quedaba al otro extremo de donde se hallaba la casa”.

Inmediatamente lo bajaron y lo embarcaron en un auto para dirigirse hasta el lugar que mintió haber conocido. Confiesa que los llevó a un lugar atrás del hospital Rodríguez Zambrano, apenas llegaron, el detenido confesó la mentira.

“Les volví a decir que no conocía nada y que solo les había dado ese lugar para que suspendieran la guindada. Me bajaron del carro y un oficial del ejército, alto, corpulento, con pinta de extranjero y en traje de campaña, me arreó a patadas a una casa en construcción. Me di cuenta de que no era ecuatoriano por el tipo de insulto que profería. Decía ´¡coño, coño!` a cada rato, aunque tenía un acento difícil de ubicar. Me arrinconó en un cuarto a medio construir, de pie, y sacó un cuchillo. Se acercó lentamente y de repente me tiró una violenta puñalada en la garganta, hice el intento de protegerme con las manos, pero al ver que mis brazos muertos no respondían me atacó una especie de pavor. Me oriné involuntariamente y sentí el brusco chorro descender por mi pierna hasta el pie. En el último instante el oficial giró su muñeca y me impactó en la mandíbula con su puño cerrado sobre el mango del cuchillo. Luego empezó a hacerme ligeros cortes en la cara y el cuello, como amenazando degollarme. Enfurecido ante mi silencio, me tiró al suelo y me pisó la cabeza como si estuviera matando una cucaracha. Con un garrote empezó a golpearme sin parar en los glúteos, muslos, riñones. El oficial, fuera de si, me gritó: ´¡A mi no me vengas con esas estupideces, coño! Me respondes sí o no` y me garroteó con más furia”.

CONTINÚA…

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