RELATOS – CASO AZUAY – PARTE III

MUERTE DE RICARDO MERINO Y DIA DE ALLANAMIENTOS EN CUENCA

 

29 de junio de 1986

Al mediodía, los policías hicieron un nuevo intento de sacar a Rosa Rodríguez de donde la tenían prisionera. En esos instantes, reconoce una voz extraña: “…cuando intentan sacarme la segunda vez no sé lo que pasaba había un intercambio de voces, hay una voz extranjera de acento, es más gringo, es una voz extranjera que estuvo ahí cuando me intentan sacar. Él estuvo en ese momento”. Finalmente, esta vez tampoco lograron sacarla. Nuevamente, sus captores insultaban y discutían. Al hablar y responder a los interrogatorios, Rosa Rodríguez da nombres de compañeros y compañeras que ya habían muerto o estaban desaparecidos y al percatarse de ello, los perpetradores se enfurecen: “¡Eres una perra porque todos los nombres que has dicho están desaparecidos, perdidos o están muertos y necesitamos de los vivos! Estaban como muy molestos, molestos, era como más terrible”.

“me ponen electricidad. Parece que no tenían ahí aparatos como para electricidad, comienzan como a buscar, a armar una cosa, alguien dice ya tenemos y me tiran en el piso para ponerme electricidad en los genitales, sobre todo en los genitales, en la entrepierna. Sin embargo no fue algo permanente, fue en ese segundo día sobre todo.

Durante todo este tiempo no le permitieron descansar. Siempre había un policía asignado a custodiarla y éste pasaba el tiempo caminando alrededor suyo; continuaba, a la vez, la privación de alimentos y bebidas. A Rodrigo Aucay y a los demás hombres detenidos, a esta altura, sí les dieron de comer, pero solamente un poco de arroz: “Apestaba esa pendejada. Había que comerse y luego venía la electricidad. Ahí es donde uno empezaba a tener problemas con las vías”.

En esas circunstancias, Rodrigo Aucay recuerda: “…en ese relajo alguien me jaló la cara y un tipo me botó yo le respondí le dije: ´si quieres mátame`. Entonces me cogió y me botó, en eso que me botó se me destapó algo aquí y ahí pude ver donde estuve, donde me tenían. Es ahora el actual subterráneo de las bodegas del cuartel de Policía donde ahora son las bodegas”.

Los documentos oficiales apuntalan lo reconocido por Rodrigo Aucay: “los cinco detenidos y la mujer ya anteriormente nombrados, se encuentran actualmente en los calabozos de la Policía Local, los mismos que están en proceso y órdenes del Intendente de Policía de esta Provincia, quien manifiesta que los detenidos podrán ser acusados de actividades subversivas, tenencia ilegal de armas, robo, etc. Documentos en informes policiales de la época, brindan más detalles sobre la ubicación del sitio donde estuvieron apresados: “la detenida en mención [Rosa Rodríguez] fue [sic] trasladada a los Calabozos del Comando Azuay No. 6”.

30 de junio de 1986

En la mañana de este día, Floresmilo Alvear fue encerrado también con el resto de detenidos. Las crónicas periodísticas señalan que fue apresado “… el día lunes de la presente semana [30 de junio] acusado de haber participado en acciones conjuntas con quienes fueron detenidos la madrugada del sábado. Tiene acción directa en el cometimiento del asalto y robo a Cerámica Andina. Tiene también participación en adoctrinamiento, a los estudiantes del Colegio Javeriano como a los pobladores de la parroquia Sayausí”.

Por su parte, a Rosa Rodríguez le anunciaron la llegada del agente fiscal, frente a quien debía firmar su declaración. Los policías le retiraron la capucha, pero no sin antes advertirle que no se mueva ni se voltee. Ella fijó su atención en una persona: “Pantalón beige, chompa roja, alto, muy fornido y era el que permanentemente yo siento que me golpeaba. A él le dicen que salga, y él dice: ¡Yo no tengo ningún problema en que esta puta, esta perra me mire! Es un tipo blanco, colorado, de ojos claros, alto, muy fornido”.

Años más tarde, reconoció a esta persona. “Yo no tenía nociones, pero en el año 96 yo le identifico a él como el capitán Urrutia, cuando yo estaba en Guayaquil”. La testificante lo reconoció en una edición de la Revista Vistazo.

“El fiscal era pequeño, con canas, tenía churos [cabello ensortijado], y cerca de 50 años de edad, comenta Rosa Rodríguez. El maltrato que había recibido era evidente y, sin embargo, el fiscal no hizo ninguna pregunta ni comentario al respecto. Nunca me dijeron quién era, nunca se presentó; soy fulano de tal. Nunca son nada. Yo estaba maltratada, yo estaba maltratada, yo estaba maltratada. El fiscal no me pregunta absolutamente nada”.

De varios de los documentos oficiales se puede deducir que, en efecto, los interrogatorios son realizados en presencia de funcionarios públicos. En un informe del SIC-A se lee que:

“En estas condiciones y habiéndose confirmado las informaciones reservadas que dieron origen a esta investigación, se inician los interrogatorios correspondientes en presencia de los señores Fiscal Segundo de Tránsito del Azuay y del Delegado del Ministerio Fiscal del Azuay, en su orden, obteniéndose de esta forma la confesión de los detenidos, en forma parcial, pues a pesar de las evidencias ya recuperadas, estos sujetos todavía tratan de evadir sus responsabilidades arguyendo desconocimiento”.

Se le ordenó que firme un documento con “su declaración” y lo hizo con una firma que no es la suya. “Luego de leída su declaración íntegramente y ratificándose en su contenido, para constancia, firma al pie en unidad de acto con el Dr. César Córdova, Fiscal Segundo de Tránsito del Azuay que presencia esta declaración”.

En las investigaciones realizadas a Cristóbal Sigcho, el procedimiento fue el mismo: “Luego de leída íntegramente y ratificándome en su contenido, firmo juntamente con el Dr. Blas Celín Pachar Lozano, Delegado del Ministerio Fiscal del Azuay”.

Después del episodio en que con la presencia del agente fiscal firmó aquel documento, a Rosa Rodríguez la llevaron a otro cuarto. Allí la esperaba un tipo joven con barba y pelo rizado que portaba un saco de lana de borrego. Entonces le pidió un cigarrillo, el hombre contestó que si ella hablaba “por las buenas”, le brindaría uno.

“Estuvo sentado fumando delante de mí, largo, largo tiempo. Después de eso le llaman a él y él vuelve a entrar, me vuelven a poner la capucha. En esta segunda vez, fue como una cuestión muy intensa, de muchas cosas al mismo tiempo, de tocarme el cuerpo, de desnudarme, de golpearme, de ponerme cigarrillos y me vuelven a preguntar, eran muchos preguntándome en ese momento. Al siguiente día me llevan a otra habitación, donde a mi me tienen todo el cuarto día”.

Según Rodrigo Aucay, los perpetradores no eran policías comunes, sino gente especializada. En cuanto al acento al hablar, unos perpetradores eran claramente cuencanos, pero otros tenían “el acento más cerrado” como de la costa, incluso algunos con acentos colombianos. “Habían otros cuencanos y era gente vestida de civil. Porque yo después de esos dos días siguientes yo podía ver, no se daban cuenta de la venda y yo siempre intentaba por ese lado ver pero hubo un tiempo que dijeron: ´Tú das esta información y te mató` y me acuerdo que me rompieron la cabeza…era un tipo grandote, ancho, hombros gruesos, incluso los ojos claros, blanco, rubio y de barba. Y pues yo recuerdo que cogió el arma y rastrilló; total ha estado sin cartucho, fue el susto. Enseguida me dieron un golpe en el estómago, de nuevo me volvieron a meter en agua”.

Más tarde, comenta que fue a través de un agente que se enteró de la noticia de la muerte de Ricardo Merino. “De gusto te haces sacar la mierda, tu jefe está muerto. Defendiendo vos lo que no puedes defender, tu jefe está muerto”. Mientras las personas detenidas estaban en esta situación, los hermanos de Ricardo Merino -Fernando, Alfredo, Miguel y Clara- se encontraban en el hospital Vicente Corral Moscoso.

“se dio todo el tiempo de espera para la autopsia, nosotros estábamos esperando afuera y mi hermano [Fernando] conjuntamente con un miembro de los Derechos Humanos de Cuenca estaba adentro observándolo todo y Gabriel Tenorio, el médico legista salió y dijo que va escribir el protocolo de autopsia, que él no puede dejar de hacer constar que ha sido un asesinato “triple x”, como él decía. Lo estuvimos esperando pero en esa espera mismo ya la gente del hospital decía que estaba la Policía afuera y nos iba a detener, tanto así que me acuerdo yo vi una caramelera [vendedora ambulante de caramelos], entró y me dijo: “Vea señor Merino la Policía los está buscando, los va a detener a ustedes como hermanos, me parece que deben esconderse”. En un momento la caramelera y las enfermeras nos escondieron en el quirófano. Después nosotros dijimos bueno ¿cómo nos podemos estar escondiendo si solo lo que queremos simplemente es el protocolo de autopsia y llevar el cuerpo de nuestro hermano para que nuestra madre lo sepulte? Entonces el rato que salimos mi hermano Miguel tenía el protocolo de autopsia en sus manos, había varias motos de policías cercándonos y se acercaron dos hombres que no se quitaron el casco y tenían chalecos antibalas; rastrillaron sus pistolas de 9 milímetros y nos dijeron: “Presta el protocolo de autopsia o te matamos”.

Regresaron donde el doctor Gabriel Tenorio para conseguir una copia del protocolo, pero éste solo tenía ya un borrador, sin firma. Ése es el documento que posee al momento la familia Merino. Las conclusiones del protocolo, son las siguientes:

“En la autopsia que hemos realizado se han encontrado signos que demuestran tres disparos de arma de fuego, que son los siguientes: Uno que penetra a la cavidad craneana a nivel del lado derecho de la nuca. En el tórax han impactado dos disparos, el uno en la región infraclavicular izquierda atravieza [sic] el pulmón izquierdo. El segundo disparo del tórax que se describió, este es el que corresponde al área precordial. Se han encontrado además la presencia de equimosis en el mentón y en la cara externa del hemitórax izquierdo. La muerte se debe a la destrucción de los centros vitales encefálicos y cardiacos como consecuencia de los disparos de arma de fuego”.

En el protocolo de autopsia de Ricardo Merino aparece el doctor Miguel Méndez, como uno de los peritos que firma el documento. Sin embargo, en testimonio rendido en la Comisión de la Verdad, aclara:

“yo asistía a nombre de la Comisión los Derechos Humanos y de la Universidad de Cuenca como alguien que miraba lo que hacía, el trabajo de inspector. Iba participando de alguna manera con opiniones en lo que respecta al asunto del diagnóstico en sí mismo. Ahí surgió, digamos una idea totalmente opuesta que la que sostenía el Dr. Gabriel Tenorio; el Dr. Tenorio sostenía, tal como algún sector sostenía, que se había dado un combate y en ese combate falleció. Realmente del disparo del arma de fuego en el cráneo, yo le señalaba que ese más bien me parece un disparo de contacto por las características de la lesión. Para reafirmar el diagnóstico yo solicité al Dr. Tenorio que tomáramos una muestra de los alrededores del agujero de entrada para que se haga un examen de histopatología y así poder demostrar mi versión. Desgraciadamente el profesional que hizo el examen de histopatología no era un profesional forense, concluyó simplemente, digamos, como cualquier otra lesión. Los restos de la pólvora se podían ver a simple vista, algunos otros elementos se veían a simple vista pero es obligación nuestra fundamentar con nuestros exámenes de laboratorio; sin embargo este tipo de elementos no fueron descritos por el anatomopatólogo y en la conclusión tampoco se llegó a nada. Yo quería obtener que diga que las lesiones se debían al paso de un proyectil, que había la presencia de ciertos elementos de restos de pólvora y por las condiciones, era un disparo a contacto. Como el Anatomopatólogo no dio ese resultado, Gabriel Tenorio insistió en su diagnóstico que era un disparo de larga distancia; y yo me mantenía en la idea de que era a un disparo a contacto.

Ahí surgió el problema de que yo no iba a firmar; y que yo en todo caso haría otro. Yo hice un borrador al cual él no se quiso sumar y yo tampoco me sumé al informe de él. Sin embargo yo estaba constando ya como un integrante más de la realización de la autopsia y entonces cuando alguna vez me llamó la Policía para que firmara el documento y yo les dije que me permitieran ver yo vi el documento, vi que no estaba en acuerdo con lo que yo había señalado y dije que no iba a firmar. Hubo un momento en el cual me presentaron un documento que al parecer estaba firmado ya por mí. Entonces yo les sostuve que no era mi firma y que por tanto yo iba a hacer las aclaraciones del caso; en un segundo tiempo me presentaron ya un documento en el cual existía un hueco, un problema en el papel; seguramente porque intentaron borrar mi nombre, mi firma, para que yo la vuelva a hacer en forma original.

Como yo realmente no vi condiciones de seguridad para que yo continuara en ese espacio donde había solo policías, señalé que tenía que hacer una cuestión inmediata con el vehículo y que regresaba enseguida, pero yo ya no regresé más”.

Las pocas garantías que establece el doctor Miguel Méndez para realizar una evaluación precisa sobre el cadáver de Ricardo Merino, se traducen en los documentos oficiales sobre su muerte; documentos que incluyen el protocolo de autopsia que, aún a pesar de identificar los tres certeros disparos en el cuerpo de Ricardo Merino, no da demasiadas luces sobre la distancia a la que fueron realizados. No obstante, en enero de 1997, el Instituto de Criminología de la Universidad Central del Ecuador se pronunció sobre los documentos relacionados con la muerte de Ricardo Merino enviados por la Fundación Regional de Asesoría en Derechos Humanos. Las conclusiones del Instituto son las siguientes: “Dando contestación a su carta de 2 de octubre, luego de estudiar detenidamente los documentos enviados se puede deducir lo siguiente:

1 En el cadáver existen evidencias de congelación es decir que estuvo bajo proceso de refrigeración.

2 El análisis tanatológico revela contusiones y heridas vitales, es decir que se produjo con la víctima viva, como son las equimosis que presentan inflamación tisular, incluida una de las heridas del tórax.

3 Las heridas de balas que afectan el cráneo y órganos toráxicos revela que fueron disparos de calibre 32 o 38 mm, o más, efectuadas a distancia inferior de 50 cm, por la presencia de halo de fish que se confunde por parte de los investigadores como tatuaje.

4 Es evidente que la víctima sufrió un proceso de arrastramiento por la impregnación de vegetales y tierra en la ropa”.

CONTINÚA…

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