RELATOS – CASO AZUAY – FINAL

MUERTE DE RICARDO MERINO Y DIA DE ALLANAMIENTOS EN CUENCA

 

1 de julio de 1986

Todo el cuarto día, Rosa Rodríguez permaneció en una habitación que tenía una ventana y en la cual solo había un colchón. Ya no tenía vendas ni capucha que le impidieran ver. Recibió la visita de su madre, María de Lourdes Jaramillo, junto con el doctor Teodoro Coello. Martha Cardoso, quien también estuvo presente en el momento, describe la escena de la siguiente manera:

“Llegamos al sitio en el que estaba Rosa. Parecía un cuarto de oficina desocupado de sus enseres y personal. No sabía si la llevaron a ese sitio para que se entreviste con la delegación. De todas maneras, se podía apreciar, era una habitación lúgubre. La detenida estaba blanca, completamente blanca, sólo la piel que rodeaba sus ojos tenía un matiz color lila enrojecido. Tirada en el suelo, sobre un pedazo de plástico sintético sucio. Sus delgadísimos dedos de la mano, que alcancé a tocar, estaban helados.

“Está enferma”, susurré a la comitiva a la vez que toqué su cuello.

Tenía fiebre. Algo le sucedía y no era nada normal. “Estoy bien”, dijo al ver a su madre en el grupo. “Te han torturado hija mía, te han torturado. ¡Qué te han hecho!” dijo la progenitora a la vez que la estrechaba en un abrazo sin fin. Quise llorar pero me detuve a escuchar los acelerados latidos de mi corazón. Evidentemente, la habían torturado.

La valiente militante de AVC ensayaba una sonrisa. Simplemente quería tranquilizar a su madre en medio del infierno. No quedaba otra salida para la madre de Rosa. Tenía que comunicarle que el amor de su vida Ricardo Merino fue asesinado.

Rosa no sabía y no esperaba que eso hubiera sucedido, y al conocerlo se desesperó y gritó fuertemente, parecía que los oscuros pasillos de aquel comando se estremecían. El momento se transformó en una suma de todos los dolores posibles. Aullaba, agonizaba…Un dolor que no hablaba, que gemía, que gritaba, que destruía todo el espacio”.

A la habitación donde se encontraba Rosa Rodríguez entraron policías con los uniformes más formales, nítidos, muy bien vestidos. Ellos también continuaron amenazándola e insultándola, asegurándole que le van a sacar información.

2 de julio de 1986

En esta fecha, Rosa Rodríguez rindió su testimonio ante el intendente general de Policía del Azuay y refiriéndose a su aprehensión manifiesta:

“Al regresar de Cuenca y al querer ingresar a la casa de la calle Tarqui y Pío Bravo, soy detenida por hombres de civil y uniformados. Quiero señalar que en el arresto soy golpeada permanentemente en la cabeza, en los riñones y en el estómago. Se me cierran los ojos con esparadrapos, se me maniata, se me bota al suelo, en donde soy permanentemente golpeada; vendada, soy trasladada a las instalaciones de la Policía, en donde se me somete a interrogatorios a la fuerza, con golpes, con amenazas de guindarme y de aplicarme electricidad y con simulacros permanentes de asesinato, pues se me coloca una pistola en las sienes, diciéndome que si no digo lo que ellos quieren iba a ser asesinada, como ya lo habían hecho algunas veces se me dice que han allanado la casa de mi madre, que ya la han traído acá a Cuenca y sí es que a mí no me torturan, a mi madre en este momento la estaban torturando y ultrajando y se me hace escuchar gritos permanentes de mujer, diciéndome que escuche cómo mi madre está siendo golpeada”.

3 de julio de 1986 y días subsiguientes:

A Rosa Rodríguez la trasladaron a la Cárcel de Mujeres de Cuenca, allí pasó tres meses aislada de todas las detenidas, con quienes no podía hablar, teniendo, incluso, que cocinar sus alimentos ella misma y en los tres meses de cárcel tampoco le permitieron que el médico la examine. Durante este período seguían los amedrentamientos, disparaban cerca de su celda y la hostigaban. Cuando se produjo la muerte de Arturo Jarrín, el 26 de octubre de 1986, recuerda que los policías le dijeron que lo mataron, burlándose de ello. Rodrigo Aucay, por su lado, pasó a la Cárcel de Cuenca el 3 de julio. Recién ahí se enteró de todo lo que había pasado la noche de su detención

“Cuando ya fuimos a la cárcel encontramos en el periódico que ya estaba Ricardo muerto. Y ahí fue duro. Ahí sí fue duro porque habíamos perdido al referente total y creo que eso es lo más duro que pudo este rato haber significado para nosotros, para mí en particular, no tener a este compañero, que no era más que un gran ser humano”.

El 2 de septiembre de 1986 el coronel de Policía Wilfrido Ayala Castro realizó la entrega de las evidencias encontradas en los allanamientos al depositario judicial.

Los detenidos fueron inculpados por asociación ilícita. El segundo tribunal penal de Azuay sentenció a Rodrigo Aucay y Rubén Ochoa a un año de prisión por asociación ilícita. Por otro lado, Cristóbal Sigcho y Floresmilo Alvear fueron absueltos. El 29 de marzo de 1987, casi nueve meses después de su detención, llegó la boleta de excarcelación. “…gírese las boletas correspondientes para la excarcelación de Cristóbal Colón Sigcho Montaño y Floresmilo Alvear Espejo por haber sido absueltos y de Rubén Gilberto Ochoa y Rodrigo Aucay Sánchez, por haber cumplido la pena impuesta por el Segundo Tribunal Penal del Azuay”.

El 1 de septiembre de 1986 el general de Policía Napoleón Martínez suscribió un memorándum en el que manifiesta que no existen informes sobre el operativo policial de 26 de junio de 1986.

Rosa Rodríguez también salió en libertad en marzo de 1987, bajo fianza carcelaria. Luego de salir en libertad, Rosa Rodríguez regresó a Quito para vivir con su madre. Ya en la capital sintió hostigamiento y persecución policial y militar: “Fines consiguientes permitame dar parte Rossa Silvana Rodríguez Jaramillon sindicada grupo “AVC”, fue puesta en libertad bajo fianza carcelaria, misma permanecera bajo vigilancia policial durante dos años: seguiré informando”.

Comenta que a menudo los policías vigilaban su casa, desde la esquina y añade que recibía constantes llamadas referentes a su padre ya fallecido, en las cuales quienes llamaban le decían que él estaba vivo o que estaba muerto pero que había sido desenterrado, entre otras cosas118. Posteriormente consiguió beca de estudios en el Uruguay, a donde partió en febrero de 1988 y volvió a Ecuador en febrero de 1992.

Rubén Ochoa también sintió persecución después de recobrar su libertad. Recuerda que comenzó a trabajar en el cantón Santa Isabel, Azuay, junto con el padre José Luis Sánchez. Laboraba como representante de la comunidad: “ahí estuvimos luchando por la luz, por las garantías infantiles, se estaba levantando la emisora, la radio”119. Añade que trabajó 3 años en aquella comunidad: “…ahí también tuve amenazas, habían algunos policías ahí que me decían de frente: vos del AVC, vos sois guerrillero, a vos te vamos a matar si sigues organizando, si sigues participando en este proceso”. Posteriormente, Rubén Ochoa ingresó al seminario para ordenarse como sacerdote y, como tal, también recibió la visita de algunos militares:

“si, han llegado unas dos veces los militares a tomarme datos; yo les preguntaba por qué, cuál era el objetivo de su visita. Dicen: ‘Estamos actualizando datos de los sacerdotes que son de la zona’ . Y yo preguntaba a los demás compañeros: ‘¿Oye llegaron a tomarte datos a ti los militares?’… No. Entonces la conclusión era obvia, que a mí me estaban controlando, viendo qué estoy haciendo. Pienso que igual en las eucaristías debía estar gente”.

Años después Rodrigo Aucay estuvo en Costa Rica y habló ahí con Juan Vela, partidario del Partido Social Cristiano:

“Las órdenes, decía ahí el finado Juan Vela las disposiciones vinieron del mismo Febres Cordero. Nos comentaba que Febres Cordero fue, él en persona, y ordenó que las operaciones lleguen hasta terminar a todo el mundo y que la única forma de eliminar al Alfaro Vive era matando a todos los dirigentes, a las cabezas. Descabezados todos ellos, el movimiento no daría resultado”.

La familia de Ricardo Merino denunció los hechos en la comisaria del cantón Cuenca ese mismo mes. El proceso penal para establecer autores, cómplices y encubridores del delito de homicidio de Ricardo Merino, iniciado a partir de esa denuncia, tuvo como primer resultado el sobreseimiento provisional de la causa que fue dictado por el Juzgado de Instrucción del Tercer Distrito de la Policía Nacional con sede en Cuenca.

El auto de sobreseimiento de 6 de febrero de 1987 señala que está reconocida “la existencia del evento material así como la causa de muerte”, y que para establecer la participación de miembros de la institución policial el fiscal había solicitado “información necesaria sobre el operativo” petición respecto a la cual el Comando Provincial de Policía del Azuay Nº 6 manifestó que “revisados los archivos no existe informe sobre operativo policial del 28 de junio del presente año [1986]”. En esa resolución judicial se hace constar que el comando policial informó además que no es posible la práctica de las diligencias con parafina “por no existir o no contar con los medios materiales, ni con los reactivos químicos”.

A base de las razones referidas, el Juzgado de Instrucción del Tercer Distrito de la Policía acoge al dictamen fiscal y señala que al no existir “base o dato para que el proceso se amplié o se haga extensivo contra algún miembro de la policía nacional en situación de actividad, se sobresee provisionalmente la causa”.

Elevada esta resolución a consulta de la Segunda Corte Distrital de la Policía Nacional, con sede en la ciudad de Guayaquil, el primero de junio de 1987 esta instancia se pronunció confirmando el sobreseimiento provisional dictado por el Juez inferior.

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