RELATOS – CASO RUMICHACA – PARTE I

INTEGRANTES DE ALFARO VIVE DETENIDOS EN FRONTERA CON COLOMBIA Y TORTURADOS.

El secuestro del banquero Nahim Isaías (agosto – septiembre de 1985) y el desenlace que tuvo el caso dio un giro a la política gubernamental con respecto a los grupos subversivos. El gobierno justificó entonces la creación de la Unidad de Investigaciones Especiales (UIES), aduciendo el “inminente avance de la subversión y el terrorismo en el Ecuador, específicamente en la ciudad de Quito”.

A partir de entonces, documentos oficiales reportan el seguimiento diario a miembros de Alfaro Vive Carajo (AVC), la búsqueda de casas de seguridad, así como el control a familiares y amigos. Las detenciones arbitrarias, allanamientos, desapariciones forzadas y torturas, fueron denunciados por los organismos de derechos humanos. Los principales dirigentes de AVC fallecieron a lo largo de 1986; las características de su muerte y las similitudes en los procesos policiales para explicar estos casos levantaron sospechas sobre la actuación y responsabilidad de las autoridades. Arturo Jarrín, el número uno de AVC, era a quien más buscaban la fuerza pública del Ecuador para cuando suceden los arrestos en la frontera colombo ecuatoriana. Además, era el único de los máximos dirigentes que estaba libre y vivo.

En un frustrado operativo de AVC llevado a cabo en Quito, en diciembre de 1985, Leonardo Vera fue herido gravemente en su cuello por lo cual fue llevado al hospital Pablo Arturo Suárez en un principio y luego al hospital Eugenio Espejo. En este último centro de salud fue detenido por la Policía Nacional y después de algunos días fue trasladado al Penal García Moreno.

Ya en la cárcel, fue atacado con un arma blanca por otro interno y nuevamente herido de gravedad. Por estos motivos de salud, debió ser continuamente internado en el hospital Eugenio Espejo. “Pero cada vez que él ingresaba, había signos de golpes, contusiones, entonces está en la ficha”. Leonardo Vera a partir de esos instantes, recibía constante atención médica y al mismo tiempo el acecho de la Policía; en documentación entregada por la Unidad de Investigaciones Especiales (UIES) se puede comprobar dicha vigilancia policial.

Durante una de las hospitalizaciones, el 19 de agosto de 1986, AVC realiza un operativo para rescatarlo. Durante la acción en la que lograron liberarlo, se ocasionó la muerte a tres policías del Regimiento Quito que montaban guardia en el hospital: César Lara, Presbitero Ordóñez y Kleber Villalba.

A partir de este hecho, Leonardo Vera era buscado intensamente por la fuerza pública. Siendo previsible su salida del país, la Policía Nacional se puso en alerta en las fronteras norte y sur, según lo confirma un informe elevado al general de Policía Milton Andrade Dávila sobre las capturas realizadas en el sector de Rumichaca. “Dando cumplimiento a la disposición emanada por el Comando Provincial Carchi No. 10, se dispuso un estricto control en el paso fronterizo del lugar antes mencionado para identificar y detectar la salida del delincuente prófugo del Penal Leonardo Vera Viteri y de posibles delincuentes que pasarían con él”.

En septiembre de 1986, Alberto Torres, Luis Román Chávez, Fabián Moreno y Leonardo Vera se preparaban para viajar a Panamá para que este último fuera sometido a una operación quirúrgica, debido a que su salud empeoraba por causa de sus heridas, operaciones y maltratos constantes durante su reclusión.

“Arturo ordena sacarlo por eso la idea de Arturo era sacarlo y que se cure en un país amigo”. Se disponían a encontrarse al día siguiente con Arturo Jarrín en la frontera, para continuar su viaje hacia Panamá. “Llegaríamos por Panamá hasta Europa, esa era la ruta a cumplir”.

Entonces los cuatro, por vía terrestre, se dirigieron hacia Colombia: “Lo hicimos en una camioneta vieja, marca Datsun, color azul, cuatro a la cabina, llamábamos la atención en una cabina cuatro. Tuvimos suerte, estaba lloviendo y hacía una densa neblina”. La noche de ese miércoles 27 de septiembre, la pasaron en el Hotel Angasmayo de la ciudad fronteriza de Ipiales, ya en territorio colombiano. Alrededor de las 9 de la mañana del 28 de septiembre de 1986, Luis Chávez y Fabián Moreno regresaron momentáneamente a Tulcán, pues este último había olvidado realizar un trámite migratorio. “Se le ocurre a Fabián regresarse a sacar su permiso de circulación, él fue el encargado de sacarnos toda la documentación, pero se descuidó de lo suyo”. “Yo fui con Román [se refiere a Luis Román Chávez] a sellar mi pasaporte”. Ambos se acercaron a la oficina de migración en el Puente de Rumichaca. Leonardo Vera y Alberto Torres se quedaron en Ipiales esperándolos. Arturo Jarrín salió a realizar otras diligencias y esperaba encontrarse con Chávez. “Yo tenía que encontrarme con Arturo a las nueve de la mañana, el día en que me detuvieron”.

Fabián Moreno y Luis Chávez fueron detenidos en estas circunstancias. El primero de ellos relata que “Asomó un grupo de personas vestidas de civil. Me apuntaron, yo quise sacar mi identidad y me dijeron que no mueva las manos, porque me disparaban, y no me dejaron decir nada, nos pusieron contra la pared”. Por su parte, Luis Chávez que esperaba afuera de la oficina de migración, recuerda que “se acercó una persona armada y me dijo que ponga las manos sobre la cabeza y me baje. De ahí me metieron al Departamento de Migración y vi que mi amigo estaba contra la pared”.

La versión oficial entregada por la Policía señala: “En el lugar de los hechos en compañía de policías del servicios de Migración se pudo identificar la llegada de un vehículo con las siguientes características: camioneta datsun, color azul, de placas No. IBG-769, conducida por Luis Chávez Proaño en compañía de Fabián Moreno Gómez”. El testimonio de Chávez confirma lo expresado en el informe policial: “un detalle que a mí me llamó la atención fue que al momento de la detención, cuando empezaron entre los policías a preguntar que quiénes éramos, se acercó un policía con una carpeta e indicó un escrito y ahí estaba mi nombre, y estaba la placa de mi camioneta”. Luis Chávez y Fabián Moreno fueron llevados “al cuartel de policía de Tulcán”. Esta versión es ratificada por documentos policiales; ese mismo día, el teniente de Policía Pedro Oswaldo Chávez dio a conocer de inmediato los hechos al Comando Provincial de Carchi No.10, donde fueron trasladados los detenidos, el cual estaba al mando del coronel de Policía Raúl Naranjo Mantilla, como comandante del Cuerpo Policial Carchi No. 10. Ambos fueron amordazados para su traslado: “Me pusieron un esparadrapo y unas esposas con las manos para atrás”, comenta Fabián Moreno quien, además, no había dejado las llaves de la habitación del hotel en la oficina de recepción del mismo, como exigían las normas de seguridad de AVC, sino que las llevaba en su bolsillo. Al momento de la detención, la Policía no demoró en encontrar dicho llavero e inmediatamente se dirigió hacia el hotel. En un documento de la Policía se puede leer:

“En estas circunstancias se procede a la captura de los antes mencionados documentos y objetos encontrados llaves con el distintivo del Hotel Angasmayo de la ciudad de Ipiales de que el prófugo Vera se encontraba en ese lugar, se dio aviso de inmediato al Comando el mismo que se dispuso se proceda a realizar un operativo y dando las instrucciones que al caso corresponde, solicitando así mismo la colaboración del Grupo de Caballería No. 3 Cabal de Ipiales, para lo cual se hizo conocer sobre el particular, siendo así que se procedió al operativo combinado entre personal del Ejército Colombiano”.

A Leonardo Vera y a Alberto Torres los detuvieron en el hotel Angasmayo, en Ipiales-Colombia, en un operativo combinado entre fuerzas ecuatorianas y colombianas. Alberto Torres comenta que esos instantes Leonardo Vera se acercó a la ventana y “el flaco me dice: ‘Compa creo que hay problemas, abajo está un patrullero de la Policía ecuatoriana’. Justo ese momento golpean la puerta y no me quedaba otra alternativa, abrí la puerta. Entraron soldados del ejército colombiano, policía ecuatoriana, agentes de civil. Habían rodeado el hotel, se tomaron piso por piso, nos bajaron por las escaleras con los ojos vendados. A partir de ahí empezó todo un calvario”.

Entre tanto, Arturo Jarrín que estaba regresando al hotel se encontró con un compañero colombiano que le advirtió de los hechos. Rosa Mireya Cárdenas, ex AVC, cuenta que años después pudo conversar con un colaborador colombiano del M-19 (movimiento guerrillero colombiano) que conocía a Arturo Jarrín y lo ayudó en esos instantes.

“Él me comentó el episodio de Arturo, cuando caen los compañeros en el hotel, en Ipiales, Arturo no había estado ahí estaba hospedado en el hotel y había salido a hacer alguna gestión. Cuando él está regresando hacia el hotel, este compañero le encuentra y le dice: ‘Demos media vuelta, hay un operativo en el hotel. Está gente ecuatoriana ahí’. Entonces le lleva a su casa. Arturo había estado a una cuadra, llegando a la esquina”.

Sobre Leonardo Vera y Alberto Torres, los documentos oficiales señalan: “Estos dos individuos fueron trasladados en calidad de detenidos al Grupo Cabal del Ejército Colombiano”.

Leonardo Vera comenta que los agentes que estaban presentes fueron “un señor Zea o Rea y Vaca” que le dijeron: ‘Ahora sí muchachito, no te nos escapas, hoy te matamos’. Entonces parece que esas amenazas me dijeron delante de la Policía colombiana, y dijeron: ‘No, nosotros no queremos vernos envueltos en este crimen”. Manifiesta que en esos momentos las investigaciones no incluyeron maltratos físicos. No obstante, comenta que lo encerraron en un calabozo “parecido a una tumba, un calabozo de unos dos metros de largo por un metro y medio de ancho, estuve en ese calabozo”.

Alberto Torres, aún en Colombia, añade que las investigaciones eran alternadas entre los efectivos colombianos y los ecuatorianos, ambos tenían distintos métodos: “Empezaron los colombianos a hacer de buenos. Luego entraban los agentes ecuatorianos a hacer la de malos; para ellos eso era un festín que lo celebraba con patada pura, hasta de telefonazo, o sea golpe con las manos abiertas en los oídos, gas aplicado en la boca”. Recuerda también que los interrogatorios se concentraban en la búsqueda de información sobre sus contactos y la localización de otras casas que pertenecían a la organización.

Añade que: “llevaba puesto solo una camiseta. Hacía un frío que me calaba los huesos, pero no me preocupaba eso. Me preocupaba Leonardo, no lo escuchaba, él estaba enfermo, no estaba recuperado físicamente y pensé: el flaco no va aguantar el palo, se les ve a quedar”.

En los documentos entregados por el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas a la Comisión de la Verdad se encontraron los informes de interrogatorios realizados a Leonardo Vera y Alberto Torres en territorio colombiano. Los documentos están firmados por el “P-2 Jorge H. Salinas. CAPT. De I”, y “El Comandante Del BI-39 ´Mayor Molina` Juan Auz Argotti TCNL. De E. M”, militares ecuatorianos.

Mientras tanto, en el lado ecuatoriano, las investigaciones y los maltratos sobre Fabián Moreno y Luis Chávez, detenidos cuando se volvieron a realizar un trámite migratorio, habían comenzado en el Cuartel Policial Carchi No. 10. Luis Chávez afirma que “La pregunta más común de ellos era, ¿Dónde está Arturo?” y Fabián Moreno manifiesta que sintió que en el trato de los policías había un ánimo de venganza relacionada con la muerte de los tres policías producida en el operativo de AVC para liberar a Leonardo Vera cuando este se encontraba en el hospital Eugenio Espejo. “Dentro del maltrato, por ejemplo a mi me hicieron abrir las piernas y con las manos para atrás; me pateaban los testículos, como veinte policías les hicieron formar. Yo recuerdo que ellos decían que nosotros éramos unos asesinos, que habíamos matado a sus compañeros”.

Relata Luis Chávez que mientras estaban en el cuartel llegaron en helicóptero varios oficiales de Quito que, deduce, pertenecían al SIC-10 y al “Batallón Antisubversivo”. Fabián Moreno añade: “trajeron a otra gente especializada; ya era muy distinta, el lenguaje era muy diferente, conocían mucho de nosotros, tenían grabaciones de nosotros, grabaciones de reuniones. Decían: ‘como me vas a decir que tú no has hecho esto, si tú estás diciendo que si has hecho eso’. Entonces muy difícil decir que no se ha hecho algo, cuando ellos tenían conocimiento exhaustivo de todas las actividades personales mías”.

Con fecha 30 de septiembre de 1986, el coronel Raúl Naranjo Mantilla, comandante del Cuerpo Policial Carchi No. 10, informó al general Milton Andrade, subsecretario de Policía, sobre la detención de las cuatro personas. Andrade, a su vez, remitió el informe al Servicio de Investigación de Pichincha (SIC-P), al mando del teniente coronel Holguer Santana.

A partir de ese momento, según señala Luis Chávez, comenzó otro tipo de tortura y maltratos, que empezaba con insultos y amenazas: ‘vos hijo de puta, eres de los Alfaros, estamos en una guerra sucia y ustedes no van a salir’. Entonces yo le dije: ‘¿Qué es lo que hago aquí?’ cuando yo le dije eso, ya me dio el primer golpe, pero horrible, y empecé a sangrar”. Asimismo, refiere que la aplicación de electricidad fue el momento más duro:

“Es que todo el tiempo, yo estuve soportando electricidad, golpes. Tuvieron una ducha fría como unas dos o tres horas, uno queda como inconsciente ante todo eso. Entonces decían: ´Caliéntenle` y nos sacaban de ahí y entonces era electricidad, es una tortura insoportable’. Me pusieron electricidad pero en la espalda, y ahí me desviaron la columna, porque fue un impacto de electricidad que me empujó hasta la pared de allá, tanto que no pude sostenerme. De allí me estrellé contra la pared. Entonces ya cuando estábamos con electricidad ya con las preguntas exactas los investigadores o sea, ¿quiénes eran los integrantes en Cotacachi?, ¿Dónde estaba Arturo?, ¿Qué pasó en esta casa?”.

Sobre esa noche, Luis Chávez manifiesta: “ellos estuvieron dándonos electricidad, garrote, hasta la madrugada. Entonces, de ahí nos dejaron tranquilos unas tres horas entonces estaba así, o sea al desnudo”. También comenzaron las amenazas y simulacros de muerte: “Me quitaron la venda. Yo me asusto porque estaban los tres de negro encapuchados y armados, estaban los tres ahí parados. Entonces aquí estaba un escritorio, a este lado estaba un policía grandote. Entonces él, cogió la pistola y le apuntó en la cabeza con la pistola, y nos dice: ´Aquí los puedes matar`”.

Paralelamente los detenidos que se encontraban en territorio colombiano, en la ciudad de Ipiales, fueron trasladados a Ecuador. El Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) de Colombia entregó los prisioneros a la Policía ecuatoriana el “29 de septiembre de 1986, a las 20:00 horas”. Alberto Torres y Leonardo Vera fueron trasladados a la provincia de Carchi, según lo confirman las mismas versiones policiales. “Pongo en su conocimiento mi Coronel, que recibí de parte de las autoridades del Grupo Cabal del Ejército Colombiano a Leonardo Vera Viteri, Alberto Torres Zambrano capturados por fuerzas combinadas de la Policía Nacional del Ecuador y el Ejército Colombiano el día Domingo 28 del presente mes y año. Una vez recibidos fueron conducidos en calidad de detenidos hasta el Cuartel de Policía de Tulcan”. Las dos fuentes oficiales (provenientes del Ministerio de Defensa y de la Policía Nacional) no concuerdan en que si el DAS o el Grupo Cabal del ejército colombiano entregó a los prisioneros. Más allá de esto, se establece que fueron capturados en territorio colombiano y entregado por la fuerza pública de ese país a las autoridades ecuatorianas en Carchi Alberto Torres señala que:

“Efectivamente nos sacaron de ahí, nunca supimos el sitio donde nos llevaron, supe después que habíamos estado en Tulcán me bajaron del auto y rápidamente me pusieron a dormir de un puñetazo. Desperté, siguió la fiesta, patadas por todo el cuerpo, puñetes, telefonazos, corriente en los dedos pulgares, gas en la boca, baños de agua helada. Como esto se repitió incontables veces, perdí la noción del tiempo, no sabía qué día ni qué hora era” .

Los testimonios coinciden en la descripción de formas de tortura similares, con algunas variantes:

“Lo más duro es la electricidad, la funda; que te meten papel en la boca y después le ponen la funda plástica uno escapa de morir. Inmersiones en el agua constantes, colgar de los pies y golpes creo que me ponían alguna cobija algo en el cuerpo para darme. La pregunta constante: ¿Dónde está Ricardo Arturo Jarrín? , eso es lo que más le preocupaba, prácticamente los últimos meses él vivió conmigo y mi familia, y sabían eso”.

Por su parte, Luis Chávez acota: “de las cosas más dolorosas es que me pisen los pies y empiezan a refregarse, es lo más feo”. También comenta que había perdido la noción del tiempo; sin embargo, recuerda que un día “como a las cinco de la tarde entraron otros encapuchados. Se notaba que uno de ellos era jefe. Los demás le obedecían. Le decían El Viejo”. A Leonardo Vera, mientras tanto, lo condujeron a un departamento particular, en Tulcán. “Y comenzaron ya no a interrogarme nada, ya ellos sabían todo. No tenían ningún objetivo de interrogarme a mí, sino más bien de consumar una venganza. Entonces bueno, baños con agua en una tina, y energía eléctrica en los dientes, en genitales y en las heridas”.

CONTINÚA…

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