RELATOS – CASO TAURA – PARTE II

PRIVACIÓN ILEGAL DE LA LIBERTAD Y TORTURA A COMANDOS DE AVIACIÓN

El capitán John Maldonado también estuvo en el BIM: “por primera vez supe de la existencia de estas catacumbas (especie de tumbas subterráneas), estaban hechas de cemento, como nichos; tenían aproximadamente unos dos metros de largo y unos ochenta centímetros de alto, solamente me dejaron zapatos, pantalón y chaqueta, encapuchado me metieron adentro, esposado, amarrado y puesto trapos en la boca. En esas catacumbas yo habría pasado alrededor de unos dieciocho días ahí se pierde la noción de todo, del tiempo y del espacio yo sólo trataba de sobrevivir en un rincón, porque el otro rincón me servía para defecar era muy frío, porque el techo era de cemento y el piso de tierra, una especie de nicho había que estar acurrucado o sentado. Cuando me sacaban era para las sesiones de tortura no podía ver porque estaba encapuchado: me amarraban con unas mordazas en las extremidades y me jalaban de las cuatro extremidades físicamente no podía aguantarme el dolor, desfallecía y no quedaban señales del dolor físico que era tan intenso, el cuerpo ya no soportaba me desmayaba en media sesión. Preguntaban ‘¿quién era el que estaba atrás de todo esto?’, me decían ‘¿cuál era el objetivo de secuestrar a Febres Cordero?, ¿cuáles son los contactos por fuera con los partidos de izquierda?’.

Cuando no funcionaba una clase de tortura, me sometían a otra, decían: ‘¡Armando, cuidado que se nos va la mano!’ Obviamente yo pensaba que se les va la mano y me quedo sin brazos y me quedo sin piernas”. Durante las sesiones el capitán John Maldonado reconoció la presencia del coronel Patricio González, del coronel Rafael Carrasco y “también reconocí la presencia de mi compañero Rodrigo Bohórquez, ahora general y comandante general de la Fuerza Aérea de un subteniente Enríquez reconocí la presencia de quien después ya le conocí en persona, al señor Gustavo Lemus, que fue el que comandaba todos los operativos policiales y persecuciones de la gente del gobierno de Febres Cordero, se vestía de militar. Para las sesiones de electricidad había un estanque con agua, bastante alto, donde me metían colgado solo de los brazos, para aplicarme electricidad en todo el cuerpo era impresionante: uno patalea y quiere salir del tanque, cuando le suben colgado de los brazos. Cuando esto tampoco les resultaba, guindado de las piernas y esposado de las manos, me metían al estanque para sentir la sensación de ahogamiento, eso es indescriptible mi cuerpo indefenso y no sé de dónde sacaba la fortaleza para aguantarme la respiración por un momento cuando mi cabeza tocaba el fondo, la misma desesperación hacia que trague mucha agua.

Si yo sobreviví a la tortura, era porque ellos también se desesperaban y trataban de darme una especie de respiración artificial o, si no, me daban unos golpes en el estómago y en la espalda para que evacúe el agua, en algunos momentos la sesión era muy demorada y en otros muy rápida había uno que monitoreaba mi estado, era el que decía: ‘cuidado se te va la mano, ya sácalo’ alguna vez que se les fue tanto la mano y no me recuperaba, cuando me recuperé en un colchón en el suelo estaba de lado y botaba agua por la boca, no tengo ni idea cómo volvieron a recuperarme para meterme a otra clase de tortura, si que era bárbaro. Siete días sobreviví yo a esas sesiones de ahogamiento y luego me sometían a las sesiones de electricidad, yo contaba unos quince segundos y desfallecía inmediatamente, estaba desnudo; también en los testículos me colocaron electricidad, cuando desfallecía y me recuperaba…me dejaban descansar unos cinco o diez minutos. Siempre tenían listo algún tipo de declaraciones que querían que yo les firme, ya no recuerdo pero en alguna de ellas si firmé porque tenía que sobrevivir. Sin la declaración, estas personas se sienten indefensas, posiblemente ante sus superiores por no llevar alguna clase de información efectiva.

Me inyectaban algún tipo de líquido, que después supe que se llamaba Pentotal (narcótico), debe haber sido en las venas, pero era la primera vez que yo sentía la sensación de drogadicción y me convertía en una piltrafa humana, que no tenía sentido ni nada, sentía como adormecimiento y simplemente les veía como unos bultos encapuchados ellos jugaban con mi vida diciendo, ahora si el suero de la verdad y hablaban tanto del suero de la verdad y después supe que me había administrado pentotal y si eso no les funcionaba volvíamos a las torturas físicas y estas torturas se incrementaban en intensidad me ponían electricidad en los dientes y en la lengua, tiene una sensación de que la cabeza le estalla, por supuesto que desfallecía me quemaron los dientes, por eso me los hice cambiar, me parecía escuchar en otras salas el grito de niñas, los gritos de mujeres, decían que son de mi esposa y de mis hijas. Pienso que como militar estuve psicológicamente preparado para caer en campo enemigo; pero no estuve preparado para que el campo enemigo sea mi propio territorio y las víctimas, mi familia, mi esposa. A un imbécil se le escapó que lo mismo estaban haciendo con mi padre, ahí me di cuenta que era tortura psicológica porque mi padre falleció un par de meses atrás, había momentos en que me salía un poco de fuerza física para reaccionar y para decirles ‘¡hijos de puta! por lo menos honren la memoria de mi padre que está muerto’; pero lo más doloroso: era prisionero de los propios compañeros militares de la Marina, Ejército y Fuerza Aérea. Pude reconocer la voz del subteniente Enríquez, de Inteligencia de la Fuerza Aérea, que decía ‘¡se nos va!’ porque yo ya no respondía le sobreviene llanto.

Me sacaban de esa catacumba, encapuchados me llevaban en un vehículo y estábamos de repente en la montaña…me estaban aplicando la ley de fuga y cuando me sacaron la capucha ‘¡quedas libre, ándate!’ yo temblaba, mis piernas temblaban, pero lo único que se me ocurrió decirles ‘si tienen la orden de matarme, mátenme, porque no voy a huir’.

Al teniente Enríquez le reconocía la voz y le decía ‘por qué no te sacas la capucha y me miras a los ojos? Porque te reconozco y sé quién eres’ y me meten una ametralladora en la boca. Fueron dos veces que me sacaron a estas sesiones y que me iban a dar la ley de fuga, psicológicamente ya me había preparado para morir y cuando regresaba a esas catacumbas, por supuesto se me descomponía todo. No comía, porque pensaba que esa comida estaba envenenada con algún químico y porque mi estómago estaba descompuesto, sangraba mucho. Era una especie de estar agazapado en esa catacumba y tratar de descansar, de dormir, hasta que me saquen otra vez a las sesiones.

Las torturas psicológicas… esto es más doloroso, estaba en una habitación aparte, al lado de otra en donde sometían a torturas a los comandos, me hacían escuchar barbaridades como: ponerle un cigarrillo en el estómago, hacerles comer estiércol decían ‘¡métele un poco de mierda en la boca!’, a mi no me hicieron eso, pero a los compañeros comandos sí; me hacían escuchar las torturas, sus gritos”.

Jhon Maldonado recuerda que en una ocasión que llegaron al Batallón de Apoyo logístico medios de prensa y organismos de derechos humanos lo “hicieron vestir con el uniforme porque había perdido unas 35 libras no pasó nada porque ni Tribunal de Garantías Constitucionales, ni Cruz Roja, ni Derechos Humanos, ni ninguna otra Organización pudo detectar qué es lo que habíamos vivido realmente”.

Durante las sesiones de tortura algunos comandos reconocieron la presencia de varias autoridades civiles y militares, en el caso de Henry Peña, quien reconoció la presencia del Capitán Ronnald Carrazco, o del Subteniente Gonzalo Pin Guerrero, quien afirma haber reconocido al Teniente Coronel Viteri, a los Tenientes Santiago Hidalgo y Santiago Aguilar, de Inteligencia del Ejército y al Teniente Fausto Morales Villota de la Marina. De igual manera el comando Francisco Pazmiño manifiesta que “un día me pude sacar apenas la capucha en una investigación y vi, sí se puede decir, y a veces estoy tan seguro, que puedo decir, que vi a Miguel Orellana, al yerno de Febres Cordero, Jaime Nebot, pero ellos estuvieron en las investigaciones”.

Los comandos recibieron torturas físicas y psicológicas en cada sitio al que fueron trasladados. En el Batallón de Inteligencia Militar (BIM) en Conocoto les aplicaron electricidad en dientes, en genitales, lengua y oídos, utilizando distintos medios.

Juan Antonio Bermeo Tomalá manifiesta que con “un teléfono que tenía una batería me ponían unos cables en los dedos de los pies y una lavacara de agua, le daban manivela y me hacían gritar”.

A los comandos que se encontraban en el BIM de Conocoto, el 27 de enero de 1987 los trasladaron al Batallón de Apoyo Logístico (BAL) del sector El Pintado de la ciudad de Quito igualmente del Ejército: “Nos trataban como a criminales, pasaban unos oficiales con unos conscriptos haciéndoles gritar ‘asesinos, criminales’. ¿Sabe lo que hacían con mis compañeros?: les sacaron durante dos meses, todos los días a las cinco de la tarde y les traían al otro día, a las cinco de la mañana, les tiraban en la entrada de la puerta, esos compañeros ya se morían!, nosotros les arropábamos con cobijas, con nuestro cuerpo, para que reaccionen; a muchos nos hicieron eso, querían que nos corramos para darnos la ley de fuga, como a los dos meses nos sacaron al sol”.

En otros cuarteles también les sometieron a interrogatorios, mientras les infligían similares torturas como insultos proferidos por personas encapuchadas para infundir miedo; aislamiento en celdas en que permanecieron sentados, en clima frío y sin protección alguna; encierro en contenedores metálicos en que se producía un persistente incremento de temperatura durante el día, provocando la deshidratación del detenido, y un descenso extremo de temperatura durante la noche; interrogatorios con aplicación de contactos eléctricos en pecho, dientes, cabeza, espalda, testículos y glúteos: esposados las manos atrás, las descargas eléctricas crecían en intensidad y tiempo, a veces parados sobre piso seco, otras sobre piso mojado o metidos los pies en una tina con agua, amén de las torturas psicológicas. Hernán Quillupangui refiere en su testimonio que “por la corriente continua yo perdí el oído y tengo una insuficiencia visual”.

Practicaban ahogamientos en recipientes con agua o “nos administraban medicamentos de desconocida aplicación medica”.

También fueron sometidos a humillación pública, como lo refiere Jhonny Pasquel Laz: “este señor general Carlo Magno Andrade, él ordena que se nos saque de mañana, a las siete de la mañana, al patio central, donde está todo el personal de tropa y oficiales, y él nos hace un ‘Acto de Censura Solemne con Desprecio’, el cual consistía en que los diez compañeros que estuvimos presentes ahí, en la Brigada ‘Patria’ de Latacunga, pasáramos así como nos tenían: en pantaloneta, sin zapatos, sin camiseta y todos torturados, golpeados, quemados; pasemos en medio de espinas, el desfile de los comandos fue en frente de todo ese personal, dos mil personas aproximadamente, los hacen formar en línea, dos filas, adelante y atrás y nos hacen pasar por en medio, a un metro de distancia entre las dos filas, y en ese trayecto sufrimos un calvario de escupidera, de insultos y la corneta en toque de silencio, toque de muerte”.

Luego fueron nuevamente trasladados a diferentes cuarteles militares en Quito como el Mariscal Sucre, donde estuvo Guillermo Aparicio Díaz Bustos; al Cuerpo de Ingenieros, donde llevaron a Santiago Anacleto Moreira y al Cuartel Rumiñahui donde fue trasladado Hernán Patricio Quillupangui.

Cuando Pedro Dimas Loor fue trasladado al Batallón de Apoyo Logístico de Quito refiere que en ese lugar “me sacaban a las cinco de la tarde y me traían a las cinco de la mañana me ponían en acequias, ahí me aflojaban, me daban ley de fuga, me hacían muchas cosas yo fui crucificado, en la espalda me daban látigo. Cuando fue el Tribunal de Garantías Constitucionales a inspeccionar el cuartel, a mi me escondieron y presentaron a otro compañero como que fuera yo. A él no le habían hecho nada, a mí no me presentaron, yo estaba destrozado, todos los días me sacaban a la tortura, era terrible”.

Otro grupo de comandos fue trasladado al cuartel de Aychapicho, en Alóag, a 25 km al sur de Quito, actualmente denominado Fuerte Atahualpa también del Ejército.

Para juzgar a los comandos de Taura, el 5 de marzo de 1987 se llevó a efecto la sesión inicial del Consejo de Guerra, actuando como presidente el coronel doctor Rafael Carrasco C. y, como fiscal, el doctor Jorge Abarca. El doctor Renán Proaño presentó acusación particular, a nombre de los familiares, por las muertes de los sargentos Gonzalo Herrera y Jaime Quinga, miembros de la seguridad presidencial durante la sublevación de los comandos. En el juicio, los comandos fueron inculpados de planificadores, autores y encubridores de insubordinación contra las Fuerzas Armadas y la seguridad interna del Estado.

El 21 de julio de 1987, el Consejo de Guerra en su fallo condenó a dieciséis años de reclusión mayor extraordinaria a ser purgados en el Penal García Moreno a diecisiete comandos: Henry Peña Jiménez, Wilson Maridueña Viteri, Miguel Morante Ochoa, Rigoberto Andaluz Tapia, Luis Robles Aroca, Publio Ortiz Loor, Holger Falcón Falcón, Tomas Ganchoso Burgos, Francisco Pazmiño Proaño, Néstor Solís Franco, Ramón Espinoza Cujilan, Jorge Espinoza Aguilar, José Escobar Amaguaña, Pedro Loor Vera, John Maldonado Herrera, Hermógenes Abril Villafuerte y Johny Moreno Calle. Y a ocho años de reclusión mayor a 23 comandos: José Martínez Revelo, Hernán Quillupangui Lizano, Miguel Bruniz Villacís, Jorge Gómez Moreira, Manuel Solís Sánchez, Guillermo Díaz Bustos, Daniel Quinde Vásquez, Hummer Vargas López, Cesar Muñoz Tapia, Ángel Morán Alarcón, Kleber Carrasco Santillán, Raúl Colcha Arévalo, Feliciano Mera Jacho, Cesar Erazo Cabezas, Rosendo Veloz López, Nelson Pineda Medina, Luis Pinzón Aguirre, Jorge Flores Pallo, Alfredo Pin Guerrero, Fausto Ayerve Rodríguez, Ángel Acuña Salazar, Víctor Robalino Aimara y Lliony Pasquel Laz.

Continúa…

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