RELATOS – CASO 11 DE PUTUMAYO

ONCE CAMPESINOS DEL PUTUMAYO TORTURADOS POR EL EJERCITO Y LA POLICÍA.


El jueves 16 de diciembre de 1993, en el sector denominado Peña Colorada, cantón Putumayo, provincia de Sucumbíos, miembros de una patrulla combinada del Ejército y la Policía ecuatoriana, mientras se realizaba un operativo para reprimir el tráfico de drogas, fueron emboscados por personas inidentificadas, presumiblemente guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), dejando como resultado once muertos, dos desaparecidos y once heridos de la fuerza pública ecuatoriana.
El viernes 17 y sábado 18 de diciembre, bajo el comando del coronel de Estado Mayor Milton Molina, jefe de operaciones de la Brigada de Selva Nº 19, se efectuaron operaciones de rastreo, seguimiento de guerrilleros y de desaparecidos, operativo realizado conjuntamente por la Brigada de Selva y elementos del GIR (Grupo Intervención y Rescate) de la Policía Nacional.
Como resultado de esa operación, se produjo la detención de diez ciudadanos colombianos y un ecuatoriano. Entre las personas detenidas se encontraban: Otilio Chicangana Quinayas, colombiano, de 28 años de edad; Henry Machoa Yaiguaje, colombiano, de 44 años de edad; Demetrio Pianda, colombiano, de 28 años de edad; Carmen Bolaños Mora, colombiana, de 20 años de edad; Alejandro Aguinda Lanza, colombiano, de 48 años de edad; Froilán Cuéllar Linares, colombiano, de 18 años de edad; Harold Paz Payoguaje, colombiano, de 15 años de edad; Juan Clímaco Cuéllar, colombiano, de 50 años de edad; Leonel Aguinda Urapari, colombiano, de 16 años de edad; Josué Bastidas Hernández, colombiano, de 25 años de edad y Carlos Enrique Cuéllar Urapari, ecuatoriano, de 14 años de edad.
Todos agricultores e indígenas de las comunidades del sector denominado Peña Colorada, en el río Putumayo. La detención de todas estas personas ocurrió entre el 18 y el 21 de diciembre de 1993 en el sector de Montepa. Otilio Chicangana y Froilán Cuéllar, fueron detenidos el 18 de diciembre.
El primero de ellos recuerda que su apresamiento se produjo en momentos en que realizaba sus actividades cotidianas como agricultor:
“Nosotros estábamos en pantaloneta y llevábamos unas botas, no más. Y cuando cayeron los militares nos metieron un culatazo y nos mandaron al suelo. Nos quitaron las botas, las botaron al agua y decían que nos iban a matar”.
Los militares los acusaban de haber participado en el enfrentamiento armado antes mencionado. Ambos negaron las acusaciones, a lo que los militares respondieron:
“¡No! Que ¡sí! Que ustedes fueron. Y un militar tenía un machetico [diminutivo de machete], nos daba en la cabeza, en la espalda, nos sacaba sangre de la espalda”. Cuenta que los obligaron a caminar un tramo largo y que “más arriba, en una casita que estaba botada, ahí nos taparon con unas hojas secas, y decían que nos iban a quemar”.
Posteriormente, fueron transportados en un helicóptero hacia El Carmen. Para entonces ya estaban vendados y las amenazas de muerte continuaban:
“…que nos iban a soltar de encima para abajo, del helicóptero. En cuanto llegamos a El Carmen, toda la noche pasaron dándonos garrote, corriente en el pene, nos colgaron, no dormimos nada y denos garrote y denos garrote y denos garrote”. Además, “…me pusieron cable por el ano, así pelado nos hicieron llorar, nos desmayábamos”.
Otilio Chicangana, recuerda que solían colocarlos en el suelo, a manera de hilera, para corretear sobre ellos: “Ahí nos pasaban pisando, uno por uno, eran como unos diez policías, militares, ahí nos pasaban pisando en la barriga” Según señala Henry Machoa, que fue detenido el 19 de diciembre en la Comuna de Nueva Esperanza junto a Juan Cuéllar, Alejandro Aguinda y Demetrio Pianda: “Estuvimos aquí en la casa, y llegaron de sorpresa y nos amarraron, nos vendaron y no echaron a esas canoas”. El testificante recalca que no supo a dónde los llevaron.
Demetrio Pianda relata que “…cuando llegaron a la casa treparon de una encima [En la zona las casas están elevadas del suelo (palafitos) y la expresión significa que los militares subieron directamente e ingresaron a la casa] y yo sentí que me tenían apuntado y me decían: ‘¡Bájese chucha!’. Entonces no me dieron tiempo ni a nada, porque ellos mismos me sacaron la camisa y me vendaron y me echaron tendieron en el piso. Me dijeron que ellos tenían que llevarnos, que nosotros les habíamos matado a unos compañeros de ellos. Entonces, de una vez [directamente] me dijeron que yo era un guerrillero”.
Afirma que no tenía nada que ver con la situación y que era inocente, lo que intentó explicar a los militares. Sin embargo, fue detenido. “… fuimos trasladados, torturados, echaron corriente electricidad. Unas fundas, bolsas que amarraban en el pescuezo, fuimos arrastrados por un pantanero. Más que todo nos alzaron los brazos con unas varas o palancas con los brazos para atrás”. “Con una funda en la cabeza, metían gas por la nariz, los ojos; cuando ya no llenaba nada, ahí nos soltaban un poco y en el estómago nos daban”.
Henry Machoa agrega: “…nos amarraban de los pies y nos metían sobre un tanque de agua y que dijéramos que nosotros éramos guerrilleros, y nosotros le decíamos que no. Ellos no hacían caso, más duro nos daban. ¡Que digan que son guerrilleros! nosotros le decíamos: Señor, cómo le vamos a decir que nosotros somos guerrilleros, si no somos…Y ellos no nos hacían caso, más duro nos daban”.

También menciona, al igual que Demetrio Pianda, que las amenazas de muerte eran constantes: “Yo estaba decidido a lo que tocara, porque uno qué iba a hacer allá. “Nos hacían arrodillar estar unas 3, 4 horas, decían bueno: ‘Hoy te voy a volar la cabeza’. Y total que nada, nos dejaban 2 horas, 3 horas ahí arrodillados sobre unas piedras, de ahí nos soltaban, otra vez nos llevaban y nos ponían en otra forma, nos amarraban contra un palo y nos hacían sentar así con los brazos para atrás amarrados. Y uno pues ya de viejo los huesos le duelen pues y uno tenía que gritar”.
Demetrio Pianda señala que, por otro lado, durante el proceso de tortura la sed es incontenible que incluso para calmarla, eran torturados: “De castigo, cuando teníamos sed, hacían orinar a los militares y nos daban así, con fundas de agua nos echaban en la boca y después nos decían: Abra la boca… Y nos daban sal”.
“En esta misma finca, Leonel Aguinda y Carlos Cuéllar, también fueron aprehendidos por miembros del Ejército, cuando se bañaban y jugaban con sus hermanos y primos en el río” y horas más tarde, a las 12:00 del 19 de diciembre de 1993, “Carmen Bolaños que se encontraba caminando por una de las calles de Puerto El Carmen, fue aprehendida por un grupo de diez efectivos del Ejército ecuatoriano, encabezado por uno que se identificó con el apellido Pinto y, sin mediar explicación alguna y bajo el supuesto de que solamente debía contestar unas preguntas, la llevaron al Batallón 55 de esa localidad en la que permaneció privada de su libertad”.
Demetrio Pianda comenta que al cuarto o quinto día se encontró con Carmen Bolaños, también detenida. “yo estaba ahí vendado, y cuando me quitaron la venda, ahí fue cuando ella apareció, y estaba desnuda. Entonces yo al verla desnuda me asusté. Nos trajeron una llanta, una llanta de carro o camión y nos la amarraron aquí en la cintura. Nos decían que bailáramos, entonces pusieron una música que cantaban entre ellos y para que no le golpeen nos pusimos a bailar con ella. Yo me caí al suelo y nos daban fuete. Decían que así bailábamos nosotros allá en la guerrilla. En un cuarto de esos, me llevaron solo y me dijeron: ‘Esa muchacha es esposa de ustedes, que a ustedes allá en la fila guerrillera les sirve de mujer’. La trajeron y la tiraron ahí, ella desnuda y yo también, me obligaron a que yo le hiciera el amor a ella.
Me dijeron: ‘Así se viven en la guerrilla’ Y me tiraron encima de ella. Pero mi Dios es grande que en esas condiciones ¿Uno qué puede hacer? Todo humillado, nada. Y después dijeron: ‘¡Ay! Que usted no sirve para nada’ Y me abandonaron. Pero yo sí oí, y si alcancé a ver que en realidad ella estaba desnuda, con un poco de militares alrededor y ella estaba sangrando, sangraba por la parte vaginal. No sé qué le harían, pero yo digo que ella fue violada…”
Los testimonios de Henry Machoa y Otilio Chicangana reafirman lo contado por Demetrio Pianda, al expresar que los obligaban a tener relaciones sexuales con Carmen Bolaños.
“Nos hacían subir encima de ella, pero nosotros qué íbamos a hacer como estábamos”. “Tóquenle, tóquenle la vagina nos decían. Nosotros no podíamos ya ni levantarnos de la [golpiza] que nos daban. Hagan el amor entre ustedes nos decían”.
Incluso, manifiesta Demetrio Pianda, hubo una insinuación de sus captores para violarlos.
“Cuando yo estuve con mis compañeros, lo único que dijeron era que ellos querían comerse una nalga de nosotros. A un amigo de nosotros, no sé quién del grupo que estuvimos allá le tocaban la nalga: ‘A este es que lo queremos’…”
Los testificantes manifiestan que no se les proporcionó comida, bebida ni descanso.
“Ocho días no nos dieron comida”. Los golpes, maltratos e insultos eran persistentes durante todo el período. “Si nosotros nos dormíamos nos daban con una correa, en la cara, en la espalda nos tocaba orinar estando sentados porque nos tenían bien amarrados”.
Los detenidos fueron posteriormente transportados a Quito, después de ocho días. De acuerdo al testimonio de Otilio Chicangana, antes de que se embarquen, en la ciudad de Tena, les tomaron declaraciones: “Ahí, me sacaron a mí, delante del juez, y algunos compañeros se obligaron a decir porque ya no aguantaban la [paliza] que eran guerrilleros, que habían estado en la masacre.
A mí me obligaron: ‘Diga, a ver, que usted es guerrillero’. Yo como no sabía, decía que era guerrillero, pero era mentira, porque yo no sabía lo que decía. Estaba la mente perdida de la paliza que nos dieron, de la corriente electricidad”.
En aquél traslado, las amenazas de muerte persistían: “…cuando nos montaron, ahí nos decían: ‘Este es el último día, los vamos a llevar para botarlos por allá en una montaña, en el aire’. Entonces nosotros como ya estábamos lo más muertos, nos vimos con la esperanza ya de morir”.
Otilio Chicangana recuerda haber llegado a Quito en un estado deplorable. “Yo orinaba sangre, cagaba sangre producto de las patadas que nos daban en el estómago…”.
Aquella noche, permanecieron desnudos mientras eran mojados con agua fría.
“Toda la noche amarrados, toda la noche nos echaron agua fría con una manguera. Decían que: ‘Sí, ¡ustedes son guerrilleros! ¡No! Nosotros no somos guerrilleros, decíamos, somos de una comuna indígena. Ahí nos echaron corriente en los dedos”.
Una versión de prensa registra la llegada de los detenidos el lunes 27 de diciembre: “los detenidos llegaron al Grupo Aéreo del Ejército de Quito, alrededor de las 11h30’, a bordo de un avión militar de transporte custodiados por miembros del Grupo de Operaciones Especiales (GOE) de la Policía y del  Ejército”. “Todos vestían pantaloneta roja, camiseta azul y botas de caucho, empleadas para zonas selváticas”.
Otilio Chicangana dice que al ser entregados en la ciudad de Quito, a la OID (Oficina de Investigación del Delito), los uniformaron a todos con una camiseta celeste y pantaloneta roja.  “Y ya han dicho que con eso nos habían cogido en el monte”.
Otra versión periodística señala que el martes 28 de diciembre, “…fue legalizada la detención de los once presuntos guerrilleros por disposiciones de Intendente de Policía de Sucumbíos. Los detenidos fueron sometidos a intensos interrogatorios en el Regimiento Quito Nº 1” para luego ser trasladados al Penal García Moreno.
Rubiela Bastidas, cónyuge de Otilio Chicangana, dice que solo pudo “…visitar a su pareja seis meses después de su detención, puesto que antes le fue imposible debido a que las autoridades ecuatorianas le negaron la posibilidad de contactarse con él”.
El proceso legal al que se sometió a las personas detenidas tuvo, por su parte, diversas irregularidades: “Las víctimas también fueron privadas de las garantías del debido proceso. La apelación a la detención y el proceso penal estuvieron sujetos a un retardo injustificado. [Demetrio Pianda, Alejandro Aguinda, Leonel Aguinda y Josué Bastidas] recuperaron su libertad el 30 de agosto de 1994, luego de ser sobreseídos definitivamente.
Juan Cuéllar, Carlos Cuéllar, Harold Paz, Otilio Chicangana, Froilán Cuéllar, Henry Machoa y Carmen Bolaños fueron liberados el 4 de septiembre de 1996. Todos fueron absueltos, y se demostró dentro del proceso la existencia de la violación a los derechos humanos”.
Rubiela Bastidas afirma que después de los hechos, reinsertarse en la vida cotidiana no fue fácil, tuvieron que cambiar de vivienda. Conseguir trabajo y retomar la confianza de la gente fue un tema complicado. Otilio Chicangana sufrió los estragos de los maltratos en su vida sexual: “No tenía relaciones, no tuve más hijos”.
El caso fue presentado a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la denuncia expuesta ante el organismo señala: “Tienen responsabilidad directa el General de Brigada José Herrera, quien aparece en los informes militares como responsable de la investigación militar”. Efectivamente, los informes oficiales confirman el grado de responsabilidad de José Herrera: “Dando cumplimiento a la disposición del Sr. GRAB. JOSÉ HERRERA, se procedió a realizar la entrevista al sujeto
FROILAN CUELLAR…” José Herrera recibió este tipo de informes sobre Henry Machoa, José Otilio Quinayas Chicangana, Enrique Cuéllar, Juan Cuéllar, Leonel Aguinda, Alejandro Aguinda, Demetrio Pianda, Carmen Bolaños.
La denuncia ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, sin embargo, apuntó otros nombres además del de José Herrera:
“el General Miguel Iturralde, delegado por el Ministro de Defensa para dirigir las operaciones de búsqueda y captura de los responsables de la emboscada del 16 de diciembre de 1993, el Ministro de Defensa General en retiro José Gallardo Román y el Director Nacional de Investigaciones de la Policía, Enrique Amado Ojeda”.
El 25 de junio de 1998 se realizó la protocolización del Acuerdo de Solución Amistosa celebrado entre el Estado ecuatoriano representado por Milton Álava Ormaza, Procurador General del Estado, y, por otra parte, el Obispo de Sucumbíos, monseñor Gonzalo López Garañón, en calidad de apoderado de las víctimas. En la cláusula séptima de dicho convenio, el Estado se comprometió a “solicitar al Fiscal General del Estado y a los organismos competentes de la función judicial el enjuiciamiento penal de las personas que se presume tuvieron participación en los hechos denunciados. Así como excitar a los organismos públicos o privados a que aporten información legalmente respaldada que permita el juzgamiento del o los responsables”.
En tal virtud el Estado ecuatoriano reconoció a las víctimas “una indemnización por una sola vez. El Arreglo amistoso no incluye la indemnización que tienen derecho a reclamar las víctimas del Putumayo a los responsables de su detención ilegal y arbitraria, tortura e incomunicación…”.
No se tiene conocimiento de ningún proceso penal iniciado por el Estado ecuatoriano en contra de los autores de las violaciones de los derechos humanos de los once habitantes del Putumayo.

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Una respuesta a “RELATOS – CASO 11 DE PUTUMAYO

  1. Y vamos de vuelta a la prepotencia, a la mano dura con quien se atreve a disentir con la autoridad. Me pregunto si el Dr Castillo hara memoria y quiza se le ocurra ofrecer disculpas a este par de muchachos por el atropello que sufrieron a ordenes suyas. Algun dia Dr Castillo, algun dia…

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