RELATOS – CASO MARIO MUÑOZ

MILITANTE DEL GRUPO REVOLUCIONARIO “ALFARO VIVE CARAJO” TORTURADO POR MIEMBROS DE LA POLICÍA NACIONAL DEL ECUADOR.


En el año 1984, en Quito, Mario Roberto Muñoz Naranjo, hermano de Guadalupe Elizabeth, militante de Alfaro Vive Carajo y de Myriam Muñoz Naranjo, se dirigía a presentarse para un puesto de trabajo. Mientras se hallaba en la parada de buses ubicada en la avenida América y Las Casas, fue sorprendido por tres personas, que se encontraban a bordo de una camioneta Toyota, modelo Marck II. Una de esas personas “se colocó atrás mío, me puso un arma en espalda y me dijo que no opusiera resistencia. Subí al auto y me senté entre el conductor y el acompañante. Inmediatamente me pusieron pequeñas cintas adhesivas de uso médico en los ojos y me pusieron gafas”.

Pese a ello pudo ver por dónde lo condujeron durante unas tres horas y llegaron al sector de Calderón, en el norte de la ciudad, “hasta dos casas adosadas y conectadas por un baño. Luego me sacaron de la camioneta y me trasladaron a un taxi, y nuevamente hicimos el recorrido. Yo les preguntaba qué pasaba, me decían: no pregunte, cállese”.

“Retornamos nuevamente a la mismas dos casas, pero esta vez se ingresó por la segunda, donde había gran cantidad de gente que parecían jardineros; me trasladaron hasta una cisterna y ahí estaba esperando un tipo que tenía un dialecto especial, no se sí era el que dirigía el asunto. Bueno, eran dos, un colombiano y el otro que podía haber sido alemán. Para trepar a esa cisterna, creo que ahí me pusieron una capucha. De esa cisterna me pasaron al baño. Me quitaron la ropa, me dejaron desnudo. En este baño había creo que tres o cuatro puertas, una de ellas daba a la casa de al lado entonces hacían sonar cadenas, se pasaban por encima mío por alrededor de una o dos horas. Salían de una puerta y se iban por otra y así. Había cantidad de gente, serían unos quince. Hasta ese momento no decían nada, después ellos vinieron encapuchados y me sacaron la capucha”.

Luego “comenzaron a enseñarme fotografías y querían que reconozca a alguien, me enseñaron como doscientas fotografías. Pero yo estaba sin lentes porque días antes se me habían roto me decían que reconozca, y yo simplemente no podía. Mientras tanto alguien me dijo que estaban revisando las cosas que yo llevaba en mi maletín. Números de teléfono, agenda… preguntaban qué conexiones tenía yo con la gente del movimiento Alfaro Vive Carajo. Después de eso yo tenía jaqueca y mis pastillas estaban en el maletín y me pasaban unas pastillas. Yo me tomé más pastillas de las que me debía tomar y me dormí profundamente porque yo tenía mucho frío ya que me encontraba acostado desnudo sobre la baldosa. Creo que me dieron agua, una infusión de algo. Luego me pasaron la ropa, me sacaron y había sido la madrugada”. Fue víctima de amenazas “ sabían todo de mi familia, me dijeron que si yo denunciaba el hecho, me iban a desaparecer a esos rubios, refiriéndose a mis hijos, tenía dos niños.

Me subieron a un taxi me dejaron cerca de mi casa; rastrillaron un arma y me dijeron que no regrese a ver. Yo estaba con capucha o creo que me pusieron de nuevo los curitas. Me dejaron en un parque en ese momento tenía náuseas, no había comido en todo el día. Eran más o menos las dos o tres de la mañana cuando me dejaron. Mi familia me había estado buscando en hospitales, en el penal. Me prohibieron hacer una denuncia; pero después de una hora u hora y media de que me dejaron, me fueron a ver de nuevo y me dijeron: hijo de tal y cual, qué fue, ya me tienes algún dato, ya sabes que los sucos marchan.

A la mañana siguiente “salió mi empleada y la abordaron, ella tenía en sus manos a mi hijo, le arrancharon y se lo llevaron. Lo fueron a dejar frente al Banco del Pichincha mismo lugar en el que lo detuvieron a él. La chica regresa asustada y me dice: me arrancharon al niño Esteban. Yo le pregunté: ¿quién? Y me responde: de un taxi. Inmediatamente salí disparado, bajé por la calle Las Casas y efectivamente estaba mi niño en la esquina de la América y Las Casas.

Eso me llevó a hacer la denuncia tenía un primo que fue candidato a la Vicepresidencia de la República, él era legislador en ese momento. Su nombre es Aníbal Muñoz Quiroga. El me aconsejó: no te puedes quedar callado, estas cosas hay que denunciarlas. Entonces hice la denuncia que pasó a la Comisión de Derechos Humanos del Congreso Nacional. Meses más tarde seguía siendo vigilado constantemente y como muestra de ello señala que un día de 1985, a una cuadra de su domicilio “me abordaron por la espalda; me pusieron un saco negro; me hicieron un nudo en los pies; me levantaron y me botaron en un camión me parece que me llevaron al mismo lugar. Esta vez, me amarraron a un pingo [palo]; me golpearon hasta decir basta; me apagaron cigarrillos en el coxis y en la ingle; me aplicaron electricidad en los testículos: me pusieron uno como anillo en los testículos, esto iba a una caja con manivela, y aplicaban con el cable la electricidad, escuchaba la orden ‘dale el vire a ése’ me amenazaron en todos los sentidos, me dijeron: hijo de tal, te dijimos que no denunciaras. Eso fue todo el tiempo”.

Añade que “estaba sentado al lado de una lavandería, entonces se acercó el tipo, un zurdo y me mandó una puñalada. Pero yo creo que el pensó que me mandó acá [señala su abdomen], el tipo creo que no se dio cuenta. Sintió que clavó nada más. [Señala que su herida fue en el antebrazo]. Entonces ahí me vistieron, yo sangraba profusamente y supuestamente botaron mi cadáver en la puerta de los moteles. Posteriormente me llevó una camioneta, todavía sangraba. Me fui al Hospital Vozandes, ahí me cosieron. Pero dijeron que había que reportar a la Policía y yo salí volando”.

En los años siguientes, Mario Roberto Muñoz afirma que su teléfono se mantuvo intervenido por la Policía y que era continuamente acosado. En 1993 ingresó a trabajar en “ SERCOVEIN, representante de una empresa francesa de equipos de seguridad y para vender los tenía que recurrir a la Policía, Ejército. Entonces fui a Inteligencia Militar, al Ministerio de Defensa sin dificultad; pero una vez que hice cita con el Comandante de la Policía, ni siquiera recuerdo si hablé o no con él, pero al rato que salía un coronel me quedó viendo y el tipo se puso pálido de las iras. Llegué a la esquina y me detuvieron me regresaron a la Comandancia entre dos tipos y luego llegó la orden de que me dejen libre”.

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